martes, 29 de noviembre de 2016

LA COTIDIANIDAD DESPLOMADA


Rafael Gallegos    Blog núm. 275

Las absurdas medidas políticas y económicas  de la “revolución” ya llegaron al estómago de los venezolanos. La propaganda basada en Goebbels, los comunistas soviéticos y en sus alumnos más recientes Fidel y Raúl Castro, ya no hace efecto. La publicidad oficial es infinitamente más pequeña que el hambre cotidiana.

Chávez cantando el Himno Nacional  todos los días a las seis de la mañana y a las doce de la noche por los canales oficiales, no logra rescatar la nostalgia por los comienzos de la”revolución”. Maduro bailando salsa al son de orquestas internacionales, tampoco demuestra la  alegría del  “hombre nuevo”, si acaso parece que estuviera burlándose del “hambre nueva” que ha provocado esta “revolución”. Mientras el venezolano sacrifica su comida en pro de  sus hijos, el presidente los invita a una fiesta en cadena nacional… magnífica representación de la frase poética del gran Andrés Eloy Blanco: el niño pobre ante el juguete caro.

 Ninguna propaganda puede superar la desesperación por la nevera vacía, la incertidumbre de no saber qué comer mañana, el desencanto de engañar a los hijos con teteros aguados, la heroica vergüenza de los padres dejando de comer para que los hijos puedan alimentarse, el sacrificio de madrugar en una  cola para comprar si acaso dos paquetes de pasta o de harina precocida, el retroceso histórico de las mujeres al tener que usar paños para sustituir las toallas sanitarias, la desesperación de no conseguir medicinas para tratamientos crónicos, el macabro abrazo de la muerte en hospitales sin insumos. Y pensar que esto sucede en el país “con las mayores reservas petroleras del mundo”. “Se acabó la Renta”, nos dicen, lo que no explican es que la utilizaron para arruinar a Venezuela.

Los venezolanos leíamos en la prensa de los setenta, ochenta o noventa,  que Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, o Perú entre otros países latinoamericanos sufrían miles por ciento de inflación. Pobrecitos, decíamos al unísono. Hoy, los “pobrecitos” somos nosotros, la única nación con esta tragedia inflacionaria. El día a día nos ha enseñado que la hiperinflación es más que alza de precios: es el desplome de la cotidianidad. Inflación es no saber si comeremos mañana, es la certidumbre de la desnutrición de nuestros hijos, es concentrar todo nuestro esfuerzo en conseguir alimentos, por encima de los demás gastos que  por imperativo del bolsillo y de la sobrevivencia, pasan a un segundo, e inexistente plano.

Con qué propaganda puede el gobierno convencer a su “pueblo” que la “revolución” vale la pena cuando un huevo de gallina cuesta medio día de sueldo mínimo (Bs. 27.000 mensuales), un perro caliente, una empanada, un litro de leche, un solitario pan sobado, o una lechosa valen un día de salario básico; una hamburguesa dos días, un kilo de comida para perros tres días ( quién pudiera comer perrarina),  un kilo de carne cuatro días y el cine, ni les cuento…  y no tomamos como base el cesta ticket, porque no se los dan a los adultos mayores que son más de tres millones y también comen. Según las cifras de canasta básica, los venezolanos sueldo mínimo para comer bien deberían trabajar por lo menos diez meses al mes, o sea…

Y ahora el dólar disparado. Si la inflación este año superó el 700 %, para el 2017 podrá duplicarse o triplicarse. Aunque usted no lo crea,  el año que sentiremos  nostalgia por este terrible 2106 y diremos que por lo menos hacíamos colas y las cosas costaban dos y tres mil bolívares. A este paso de vencedores,  un pasaje de autobús llegará a mil bolívares y una empanada requerirá un préstamo hipotecario.

Y el gobierno se empeña en justificar este modelo socialista que como todos los que en el mundo han sido, desde Lenin, Mao, Fidel, Allende, Velasco Alvarado, Chávez o Maduro, solo han traído penurias. Todos esos regímenes a pesar de las diferencias de estilo, han tenido los mismos procedimientos y claro, los mismos resultados. Control de divisas, de precios, expropiaciones, estatizaciones, control y que obrero, conculcación de libertades y al final… el pueblo hambriento en el nombre del pueblo.

Hoy los venezolanos estamos probando en carne propia como el socialismo se convierte en desesperación. La “revolución” llegó al estómago del pueblo, que encarecidamente les pide que se vayan.

Qué vergüenza, la primera hambruna petrolera de la historia.

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