martes, 12 de julio de 2016

EL NIÑO Y EL POZO

 Rafael Gallegos    Blog núm. 255

Era  1981 yo trabajaba como ingeniero en Corpoven Anaco. Durante un trabajo de varios días en el pozo Orocual 18 en Monagas, junto a mi colega y amigo Átalo Barrios, conocimos al niño  Héctor, cuyo relato expongo a continuación, como una manera de filosofar acerca de los 80 años de la emblemática frase del Doctor Arturo Uslar Pietri: “Sembrar el petróleo”.

El relato fue publicado en el periódico “El Ingenio”, de la seccional Anaco del Colegio de Ingenieros de Venezuela, bajo un seudónimo que yo utilizaba; “El Ácido” y hoy forma parte de mi libro de relatos: “Ombligo de Adán, ombligo de Eva”, que como siempre, ya se me ha hecho costumbre, anda a la búsqueda de un editor. A continuación “El niño y el pozo”:


                                                          A Átalo Barrios, amigo de Héctor.


Una zona montañosa, dentro de ella un claro, en el claro, un pozo. Uno de esos que producen mucho petróleo y gas, por lo tanto, mucho dinero.

En las horas nocturnas un silencio absoluto, solo interrumpido por las ráfagas de viento al chocar contra la vegetación, por ruido de animales o por el rugido del pozo cada cierto tiempo.

Al amanecer llegan unos hombres para hacer un trabajo especial en el pozo. De pronto encuentran frente a sí la sonrisa limpia de un niño. Su menuda contextura de infante desnutrido, sus zapatos tan rotos en la punta, que permiten a los cinco dedos de sus pies contacto con el aire libre y su natural simpatía, hace que pronto se gane el cariño de los trabajadores. Se llama Héctor, tiene nueve hermanitos, tres están con su madre, los otros tres colocados con familias pudientes, con algunos parientes o, simplemente vagando por el mundo. Él vive, como aquel famoso programa de televisión, con el papá de su hermanito, en un rancho de bahareque cercano al pozo, que tiene un solo ambiente.

-      ¿Con quién vives?, pregunta el trabajador petrolero.

-      Con el novio de mi mamá... con el hombre de mi mamá, corrige.

-      ¿Dónde está él?

-      No sé, se fue antier, debe estar con mi mamá.

-      ¿Te dejaron solo?

No hubo respuesta, su inocente y anémica mirada, libro abierto de una infinita historia de marginalidad: sus padres, los padres de sus padres, los padres de estos; reflejaron una tristeza que respondió por sí sola.

-      Ven, te invito a comer.

-      ¿Me visto?, preguntó el niño.

-      Si quieres vienes así mismo.

Insistió en vestirse, el trabajador petrolero se preguntaba si en realidad Héctor tendría más ropa. Su cambio de atuendo consistió en cubrir su frágil pecho con una franela llena de huecos y en ponerse unas medias que se veían rotas por el boquete en la punta del zapato.

Devoró la comida con cierta rapidez, el hambre fue superior a la pena. Su mirada denotaba agradecimiento, ya había salvado el día, mañana comenzaría una nueva lucha – injusta para un niño de doce años- por subsistir, o tal vez la plegaria para que volviera el papá de su hermanito con algunos alimentos.

Mientras tanto, el pozo seguía fluyendo. De allí salían millones y millones de bolívares, ¿a dónde iban?

Héctor no era hijo de don nadie, era hijo de don no sé quién. No estudiaba porque no lo habían inscrito en la escuelita. Era como un estorbo para la vida. En sus planes estaba irse para la capital del estado y dedicarse a limpiabotas. Era su aspiración, por lo menos podría comer todos los días. No importaba, él ni lo sospechaba, que la cajita con betunes de colores fuera un kinder de la delincuencia. Limpiabotas,  delincuente, preso, muerto. El pozo seguía fluyendo, más viajes a Miami, ¿y Héctor, que vivía arriba del yacimiento?

Los vecinitos de Héctor eran todos barrigones, salían como conejos de los ranchos de bahareque del caserío al pasar por allí las pick-ups de los trabajadores petroleros. El agua potable no la veían ni por televisión, porque tampoco tenían electricidad.

Finalizo el trabajo en el pozo y con ello la estadía de los trabajadores petroleros. Héctor los despidió con una sonrisa que, sin éxito, trataba de ocultar la tristeza que emanaba su mirada.
  
¿Dónde comería mañana si no llegaba el papá de su hermanito? En el futuro, cuando este no llegara se pondría al lado del pozo para apaciguar su hambre con la esperanza de que volvieran aquellos benévolos y “adinerados” hombres que un día lo invitaron a comer. Todo, mientras cristalizaba su proyecto de convertirse en un flamante limpiabotas.

Parece un cuento, ¿verdad? Pero lamentablemente no es producto de la fantasía de nadie. Es la pura verdad. Héctor existe en un área petrolera, sus vecinitos barrigones también. El trabajador petrolero que almorzó con Héctor es quien esto escribe. No tuve que hacer ningún esfuerzo imaginativo, solo transmito los hechos. Arturo Uslar Pietri lanzó hace más de cuarenta años su consigna de “sembrar el petróleo”. ¿Dónde lo hemos sembrado? ¿Será en Miami o en los casinos de las islas del Caribe?  ¿Es que Héctor no tiene derecho a ir al colegio, vestirse y vivir en una casa con los más elementales servicios?

Si la niñez es la puerta de la vida, ¿cómo será la vida de Héctor? Todos somos culpables.

                                                                                     El Ácido/1981.


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